La Ética y la Moral en la Economía

20. may., 2020

Autor: Héctor R. Morano

 

El comportamiento humano, que se dirime entre el bien y el mal, lo moralmente aceptado y lo socialmente repudiable, recorre andariveles complejos a la hora de las decisiones económicas. Lo justo o injusto sufre un resquebrajamiento permanente por la necesidad de abordar temas sensibles que afectan a la sociedad en su conjunto.

 

La pobreza, los jubilados, los maestros, etc., sobran casos donde la ética y la moral se ven vulneradas por un comportamiento social que no ha sabido dar respuesta satisfactoria para arribar a lo justo.

 

La Economía, o mejor dicho, las políticas económicas, concentran gran parte de las situaciones   que contribuyen al desequilibrio, llevándonos a un estado de injusticia no punible.

 

Estos vaivenes morales que hacen a nuestro comportamiento, cuando se traspolan a la administración del Estado, afectan seriamente las decisiones  que deberían resguardar los valores sociales.

 

En nuestro país, las malas o intencionalmente malas decisiones económicas, como quiera interpretarse, nos llevaron a un estadio abrumador de injusticias sin solución hasta hoy.

 

El Sistema Financiero Internacional tiene resuelto este problema. La ética y la moral no son parte de sus preocupaciones cuando toman sus decisiones. Tienen un objetivo  concreto y lo cumplen con eficacia. Maximizar el rendimiento del dinero es la meta, las formas pueden ser varias y concurrentes. En “Bancos y Finanzas”, publicado en esta página, explico este concepto  y muestro que los mismos actores financieros que operan en el mercado formal también lo hacen en los denominados “Paraísos Fiscales”. Por uno u otro lado están detrás del dinero. Los inversores no juzgan estos procedimientos.

 

Claro está, cuando se trata de la administración de un país no se puede desenvolver fácilmente de esta manera. Los administradores pasan periódicamente por el tamiz de la evaluación social y no quieren ser juzgados de impopulares e injustos. Este resguardo ético y moral también tiene un costo social aunque no sea agradable abordarlo.

 

Si llevamos todos estos conceptos a nuestra actualidad, veremos que, hay opciones que pueden mejorar nuestros problemas, pero, también hay sujecciones morales que nos lo impiden.

 

No poseo una información concreta, pero a juzgar por los trascendidos, habría una masa de argentinos que tendrían, en conjunto, unos U$S 200.000.000.000 de dólares en cuentas del exterior. La mayoría de ellas fiscalmente exteriorizadas. Es una cifra muy interesante que, bien afectada, podría cambiar nuestra deteriorada situación social.

 

Aquí emerge la disyuntiva ética y moral. Algunos tendrán una mirada de clasificar a esa gente como evasores, a la vez que éstos se verán a sí mismo como víctimas de las malas políticas económicas, que los llevó a tomar resguardo de parte de su patrimonio en el exterior. Todas estas miradas pueden tener algo de verosimilitud. Difícil encrucijada para las decisiones de un administrador.

 

Los que ven a estos inversores como evasores que optaron por tener parte de su dinero el exterior, seguramente, tendrán una conducta punitiva. Al decir de lo vulgar sería: “Vos te la llevaste y tienes que pagar por eso”.  En estos casos, se inclinan por castigar con un impuesto tal proceder. A la luz de este encuadramiento primario, todo pareciera estar resguardado por una conducta ética.

 

Los que tienen dinero en el exterior aseguran que el Estado es expropiador y, aún a riesgo de sufrir cargos impositivos extras, la desconfianza les domina la escena y prefieren no repatriar sus dineros.

 

He aquí el nudo de la cuestión. Todo parece concluir en un conflicto de intereses insalvable. Mientras tanto, nuestros problemas y desigualdades siguen y se pronuncian cada vez más. O sea, las injusticias sociales miran de reojo a la vocación ética de las decisiones políticas y no ven una luz de reparación.

 

La solución a esta disyuntiva pasa por crear un consenso amplio  en todo el arco político para cambiar la mirada y priorizar el objetivo primario, que es dominar las desigualdades sociales. Para ello, no queda otra alternativa que conseguir capitales que, atraídos por una renta con el amparo de la seguridad jurídica, puedan invertir en el país, dar trabajo y mejorar el tejido social. No importa ya el origen del dinero porque a los inversores del exterior tampoco los cuestionamos sobre la sanidad de sus dineros o si en algún momento hicieron pingües negocios con la Argentina.

 

Es difícil, no imposible.