La fuerza del Consenso

Consenso o fracaso

Autor: Héctor R. Morano

La República Argentina siempre se dirimió entre conductas hegemónicas. Cada cual que alcanzara el poder  creyó ser el dueño de la verdad para solucionar nuestros males,  poner orden y actuar en consecuencia.  Estas conductas pudieron haber sido más o menos abruptas  o bien intencionadas, pero fueron cíclicas por largos períodos y, a la postre, perjudiciales a los propósitos buscados.

Si analizamos estos hechos a partir de la recuperación de la democracia, para no ir más lejos, veremos que cada gobernante fue marcando su agenda acorde a una orientación propia donde no necesariamente participaban todos los agentes sociales. El mandato del voto lo interpretaron a su manera hasta que la sociedad les mostró su rechazo.

Recordemos el slogan del Dr. Raúl Alfonsín cuando propiciaba su “Tercer Movimiento Histórico”. Estaba orientado a un cambio que la sociedad reclamaba después del nefasto paso de los gobiernos militares y al devaluado partido justicialista. No lo logró. Pero no lo  logró, no porque no era necesario el cambio, sino que, no logró incorporar a los no favorecidos por el voto popular, que pudieron haberse considerado excluidos y no ayudaron a ese propósito.

Con el arribo del Dr. Carlos Menem a la presidencia comienza otra etapa. Producto de un final abrupto de la presidencia del Dr. Alfonsín signado por los problemas económicos, se pasa a una economía neoliberal caracterizada por las privatizaciones. Después de  una primera etapa exitosa, comenzó a vislumbrarse un interés desmesurado por el poder y los malos hábitos, que terminó por no ser acompañado por la sociedad.

La etapa posterior de la “Alianza” conformado por sectores radicales y progresistas y liderada por el Dr. Fernando de la Rúa, fue más una opción para salir del mal sabor del gobierno anterior, que de establecer nuevas pautas de gobierno. El desorden interno destruyó a esta alianza y concluyó con el mayor desastre social después de los gobiernos militares.

Con una crisis social seria, la Asamblea Legislativa elige al Dr. Eduardo Duhalde para diirigir los destinos del país. Con buen tino, el Dr. Duahlde promueve la “Mesa de Diálogo”, instituto conformado por la iglesia y variados sectores sociales. Tuvo éxito en su gestión pero, ese instituto duró lo que fue su mandato,  muy breve.

Culminada la etapa de transición, llega a la presidencia el Dr. Néstor Kirchner, con escaso apoyo pero, con el rechazo social a la candidatura del Dr. Memen, cuyo mandato anterior no había dejado buenos recuerdos. Aquí vuelve a comenzar una nueva etapa distinta a las anteriores. Se erige al Estado como propio y comienzan a predominar medidas hegemónicas, más nacionalistas, populistas y de prácticas seriamente cuestionables. Alternados en el poder con su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, parecían eternizarse hasta que la sociedad otra vez dijo “basta”.

A raíz de las reprochables conductas del matrimonio Kirchner, surge la coalición “Cambiemos”, una conjunción entre sectores liberales, radicales y ex radicales, con algún peronista desencantado.Ya su nombre lo dice todo, otra vez una vuelta de timón. Construyeron su espacio más en el deterioro del gobierno anterior que en sus nuevas propuestas. Hasta ahora, pese al voluntarismo y esfuerzo, no han sabido construir consensos sólidos que permitan diseñar un modelo de país para los próximos 20 años.

Concluyo esta reseña con una propuesta que, consiste en dialogar y pactar con todos los sectores sociales. La exclusión siempre es una fuerza que va a actuar en contra. La división no es buena consejera para este objetivo.

El que considere que es el dueño de la verdad y la quiera imponer al otro está muy equivocado. Si uno cree tener razón, debe convencer al otro y, juntos, arribar al consenso. El consenso tiene la fuerza de la participación y la responsabilidad de su ejecución. No se le debe tener miedo a las disidencias justificadas, que siempre enriquecen los análisis. Se deben dejar de lado los prejuicios, aún cuando los interlocutores tengan un camino recorrido que no compartimos. Al fin y al cabo nadie está libre de pecados.

En cada dálogo debe predominar la humildad del que escucha y eliminar la soberbia del que habla.

Los cambios profundos no se lograrán sin un consenso sólido entre todos los sectores, sobre todo si hay que romper con privilegios y prácticas no deseables.

La sociedad hace años que viene requiriendo estos encuentros del sector político, sólo hace falta que se materialice. No se puede admitir otro fracaso y se debe interpretar bien el mandato popular.  

 

 

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