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Energía y algo más

Clarin 11/08/2017

De basura a energía: cómo es el proceso para generar energía y abastecer a 25.000 hogares

Lo consiguen a través del procesamiento de los gases que se generan con los residuos orgánicos que llegan al relleno de José León Suárez. También obtienen agua apta para riego. 

 Es confuso entrar a un predio donde cada día llegan 15.500 toneladas de residuos y encontrarse con un espacio que se parece a un campo. En el Complejo Ambiental Norte III de la Ceamse, sobre el Camino del Buen Ayre, entre los partidos bonaerenses de San Martín, San Miguel y Tigre, hay árboles, tranqueras de madera, estanques con patos y cuidados senderos de tierra que conectan los que a la distancia parecen simples galpones y estructuras de formas industriales.

Se trata de 500 hectáreas que alojan la basura de 32 municipios de la Provincia y la Ciudad. Aquí, a partir de lo que se tira al tacho se genera energía eléctrica y se obtiene agua, que no sirve para tomar porque tiene un alto contenido de sales, pero sí para riego y puede ser volcada a un curso de agua natural.

Las 15.500 toneladas ingresan a diario en 1.600 camiones y prácticamente el total tiene como destino final el relleno sanitario.

Mientras que países como Noruega colocan bajo tierra menos del 20% de la basura, la estrategia de la Ceamse es obtener el máximo provecho posible de los desechos sepultados hasta que sea posible ampliar la cantidad de residuos que son procesados, que hoy es el 13%. En ese plan comenzará a funcionar en noviembre una planta con capacidad para procesar el 100% de los residuos generados en La Plata, Berisso, Magdalena, Brandsen y Ensenada, donde se encuentra.

Debajo de la tierra, los desechos orgánicos emanan gases mientras se pudren y a su vez producen un líquido fétido -que llaman "lixiviados"- al mezclarse con la humedad. A diferencia de un basural a cielo abierto, la Ceamse transforma esos gases en electricidad y el líquido en agua cristalina y sin mal olor, con posibilidad de ser empleada para diversos fines.

Es decir, por un lado evita que los gases (entre ellos dióxido de carbono y metano) vayan directo a la atmósfera y por otro les saca provecho transformándolos en energía. Lo mismo con el líquido: mediante un sistema de impermeabilización de los rellenos evita que se filtren y contaminen las napas y, un vez saneados, les atribuye una utilidad.

A través de dos sistemas de cañerías en el interior de los rellenos los gases y los líquidos son captados por separado y destinados a las usinas donde se los procesa.

En el caso de los gases, o “biogás” como dicen los expertos, se lo somete a una depuración para extraerle la humedad y las partículas sólidas, se lo quema en unas usinas que trabajan las 24 horas y mediante un alternador se convierte el movimiento generado en energía. “El metano es 21 veces más generador de efecto invernadero que el dióxido de carbono, al quemarlo lo bajamos a dióxido de carbono y dañamos menos la atmósfera”, explica Marcelo Rosso, gerente de Nuevas Tecnologías y Control Ambiental.

Luego, la energía es conducida por un electroducto de 12 kilómetros por debajo del río Reconquista, Camino del Buen Ayre y el arroyo Güemes, hasta la subestación Rotonda, en José León Suárez, y empalma con el sistema interconectado nacional, desde donde abastece el consumo promedio de 25.000 hogares.

Los lixiviados, por su parte, son tratados en cuatro plantas con inmensos piletones llenos de un líquido oscuro y espumoso como cerveza negra. Allí se los somete a una digestión aeróbica, para que bacterias se consuman el material biodegradable, y a un sistema de doble filtración que termina de retener sólidos y bacterias. Lo único que los filtros no alcanzan a depurar es una porción de sales. Por eso el agua no es apta para ser ingerida. Por día se tratan cuatro millones de litros.

Al igual que las plantas que generan energía, las de los lixiviados funcionan todo el día y están prácticamente automatizadas: el personal sólo hace control y mantenimiento.

Distinto sucede en la Planta de Tratamiento Biomecánico, donde 130 personas manipulan máquinas y usan sus manos para separar lo que se puede reciclar. En este inmenso cobertizo con cintas que transportan basura, y que no huele tan mal si se tiene en cuenta la variedad de desechos a la vista, se procesan 1.100 toneladas de las 4.500 provenientes de la Ciudad y se logra recuperar 600 que no terminan bajo tierra.

El complejo también recibe neumáticos y restos de poda que transforma en caucho granulado y compost. Con las 600 toneladas de caucho que logran por mes se puede hacer el césped sintético de seis canchas de fútbol 11. Y de las 800 toneladas mensuales de residuos verdes obtienen 200 de fertilizante que se dona a municipios y parques.

“El objetivo es reducir lo que se entierra para prolongar la vida útil de la tierra que usamos”, explica el técnico Gustavo Rocca. De ahí la importancia de separar los reciclables. Una botella de vidrio, por ejemplo, no terminaría en relleno y no ocuparía espacio, un problema latente en la Ceamse, que al ritmo de 15.500 toneladas diarias tiene capacidad para 13 años más.

Sin embargo, esos tiempos pueden prolongarse con cambios de hábitos y políticas públicas.

Desde la Ceamse, el presidente Gustavo Coria asegura que de cara a 2030 pasarán a procesar el 100% de lo recibido. Países avanzados en el tema como Alemania hoy procesan el 80%.

 

Harán ocho mil ladrillos ecológicos por día con restos orgánicos

Comenzarán a producirlos en una planta dentro del predio en el que funciona el relleno.

 Un bloque grisáceo. Eso es a simple vista lo que en la Ceamse llaman "ladrillo ecológico" o "bioladrillo". No hay motivos para detenerse a analizarlo hasta no escuchar que lo llaman así. Entonces explican que se trata de un ladrillo que utiliza material orgánico de base en lugar de arcilla. Es decir que entre los elementos que lo componen puede haber una cáscara de banana.

"Reemplazamos la arcilla por material bioestabilizado: dejamos de utilizar como principio básico para el ladrillo un material que no es renovable", explica Gustavo Rocca, uno de los técnicos que trabaja en el Complejo Ambiental Norte III, donde a comienzos del año que viene empezará a funcionar la planta que fabricará los "biobloques".

Cuando Rocca habla de material bioestabilizado se refiere a material orgánico -que será separado en la planta de Tratamiento Biomecánico-, como los restos de comida, que antes de ser incorporados en mezcla con agua, arena, cal y cemento, son sometidos a un proceso que dura entre 21 y 23 días en el que bacterias se encargan de quitarles vida orgánica y transformarlos en un material inerte, como un vidrio, que no tiene jugos y tampoco se pudre.

Una vez estabilizado el material pasa a una instancia en la que se lo tritura y ya queda listo para formar parte de la mezcla y finalmente cobrar forma de bloque.

Para ello, explican, se realiza un fraguado al natural: una vez en el molde sólo hay que dejar que la mezcla se seque y se endurezca. Otra diferencia con los ladrillos convencionales es que pasan por una instancia de "cocción", que por lo general implica el uso de hornos que generan dióxido de carbono.

La planta, que según explican en el complejo, dependerá de la Ceamse y no de una empresa tercerizada, tendrá una capacidad de producción de cerca de 8.000 biobloques por día, aseguran.

En una primera instancia, los ladrillos ecológicos estarán destinados al uso interno de la empresa o a fines sociales.

 

 

 

 

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